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El jaguar de la Baja Mixteca

Actualizado: hace 6 días


Gildardo Cilia López

Choza típica de la Baja Mixteca, Chiautla de Tapia , Puebla
Choza típica de la Baja Mixteca, Chiautla de Tapia , Puebla

Preámbulo


La nueva era trumpiana ha alterado la confianza sobre el devenir de la humanidad. Algunos programas noticiosos de Europa hacen ver una unión ficticia: existe desconfianza mutua y los comentaristas suelen recurrir a diferentes episodios históricos; algunos se remontan hasta las etapas en donde se fundaron los Estados nacionales.


Lo único coincidente entre los que opinan es que existe ya una guerra híbrida que pronto podría encender al mundo en forma atroz, volviendo a los negros eventos de la estupidez humana. Más que los aranceles, lo que les preocupa a los europeos son las decisiones que ha tomado Trump en torno a Ucrania, concluyendo que los ha dejado a merced de Rusia. Hablan de un enorme poderío, afirmando que su presidente Putin tiene la capacidad bélica para iniciar un Armagedón.


En México se concibe que la guerra arancelaria nos vas a llevar a un desastre económico, como si no pudiéramos con nuestro esfuerzo cambiar este negro augurio. Nada más triste que observar mentes predestinadas que tratan de infundir miedo. Cuando se recurre reiteradamente al temor, la política entra al terreno de la pusilanimidad.


La mente es extraña, al observar esa proclividad hacia al miedo, inesperadamente recordé un cuento que leí hace 50 años: "El tigre", de Demetrio Aguilera Malta, del cual me voy a permitir hacer una narración libre, alejándome del contenido real del texto.


También me tomé la atribución de cambiar al tigre por un jaguar, que según cuentan algunos pobladores de la Baja Mixteca, lo han visto rondar por la región, como hace más de un siglo y conforme a las narraciones que datan de la época prehispánica.  Lo han visto caminar por cañadas y barrancas, en donde en el periodo de lluvias corren portentosos torrentes; quedando en los períodos de sequía, alrededor de los contornos pétreos, pequeños espejos de agua. La noble gente de la región con su agradable forma de decir las cosas, todo en forma superlativa, hablan de un gatísimo moteado; "ansina" de grandísimo, extendiendo sus brazos lo más posible y más de una vez.

Barranca Grande, Chiautla de Tapia, Puebla
Barranca Grande, Chiautla de Tapia, Puebla

El jaguar


Como suele suceder en las pequeñas comunidades, en donde se propagan todo tipo de rumores, más los sorprendentes, a un hombre le platicaron sobre la existencia de un gatísimo que rondaba por los cerros, las cañadas, las barrancas y los ranchos de la región. Le dijeron que era un felino enorme y que había devorado a muchos animales, pero que tenía predilección por la carne humana. Con certeza afirmaban que habían encontrado los restos de tal o cual persona y como si lo estuvieran viendo, narraban los detalles de los ataques; asegurando que se festinaba con las tripas de sus víctimas para luego abandonarlas.


A partir de ese momento los días de ese hombre se hicieron infaustos. El temor se apoderó de él y se hizo irrefrenable: se sentía acechado y desde cualquier lugar percibía la presencia de la fiera. Por donde anduviera, presentía que el jaguar merodeaba para alimentarse de su flaco vientre. Sobre su piel corría la trémula sensación de una terrible muerte.


A la bestia la hizo omnipresente: lleno de espejismos, la veía continuamente entrar a su choza, abriendo sus terribles fauces y mostrándole sus imponentes colmillos. Sin esperanzas, concebía que no había refugio alguno; que el enorme gato alargaba la espera sólo para hacerlo sufrir; que en el cualquier instante sería víctima de su instinto, con el sadismo que le es propio a los felinos, tal como se lo habían platicado.


El gatísimo se había apropiado de su mente, no podía plantear siquiera una estratagema para su salvación, todo se transformó en ansiedad y delirio. Cautivo de su propia sinrazón contemplaba con un terror anticipado su propia muerte; sus noches se hicieron insomnes y sus días febriles: había desvirtuado su realidad, hasta percibir riesgo en todo lo que hacía antes con cierto tedio.  Dormido o despierto, lo dominaba una sensación que crecía segundo a segundo, los latidos de su ser estaban llenos de sobresaltos. Su palpitación exaltada y su piel siempre empapada por el sudor eran síntomas del peor de los miedos: el terror.


La bestia en realidad existía, pero lejos - muy lejos - del rancho del pobre hombre. El miedo la había atraído hacia su guarida. Paciente - a una prudente distancia - el jaguar observaba a su víctima; cauto como todo felino, no hacía movimiento alguno que lo delatara; había percibido la cobardía, sabía que un hombre así no tenía escapatoria alguna. Su instinto crecía con el hedor a miedo que desprendía su futura víctima: entre más olía el miedo, la fiera se excitaba más


El felino moteado estaba decidido a atacar: a jugar con su pobre víctima, como lo hacen los gatos con los ratones; lo tenía que perseguir hasta acorralarlo y desvanecerlo con el aliento que expelen sus fauces.


Súbitamente, el jaguar volvió sus pasos hacia la selva caducifolia. El hedor a miedo se había perdido y olía una peste distinta; no podía, así, satisfacer su instinto.


La víctima en ciernes yacía muerta, sin exhalar la adrenalina que atraía al jaguar. Había sido presa de su propio miedo, que se hizo incontenible hasta en su último suspiro. El gatísimo, resignado, se alejó, percibía a gran distancia otros miedos que lo excitaban. ¡Había más víctimas!


Grutas de la Barranca Grande, Chiautla de Tapia, Puebla
Grutas de la Barranca Grande, Chiautla de Tapia, Puebla

 
 
 

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